Capítulo 11
La persiana no
permitía conocer la hora que era. Sepulturera se había despertado por algún
motivo, pero aun no reconocía cuál era. La noche anterior consiguió encontrar
una manta y un poco de comida para pasar la noche en el apartamento del bloque
veinte, cuyos propietarios habían decidido marcharse de manera apurada dejando de
manera conveniente varias cosas para su propio uso.
Su cerebro procesaba información
al mismo ritmo que los latía su corazón: no escuchaba nada, era el mismo
silencio sepulcral que reinaba de manera permanente en la ciudad desde que todo
había comenzado…pero existía algo diferente, el trino de los pájaros hacía
mucho tiempo que no se escuchaban, solo los graznidos de los carnívoros o
carroñeros, mezclados con los gemidos suplicantes de los hambrientos cadáveres.
Pero incluso eso había desaparecido. Sepulturera se levantó y recogió la pala y
la pequeña mochila que había preparado el día anterior, con algo más de comida y
ahora la manta raída por las polillas que encontró en la habitación del
matrimonio.
La ausencia de esos
sonidos la intranquilizaba y provocó que se despertase por completo. Su cerebro
funcionaba a toda velocidad, buscando alternativas posibles: los no muertos
solo podían subir escaleras cuando su descomposición no era muy avanzaba o no
poseían el rigor mortis, resultando aun así una tarea casi imposible de
realizar para ellos. Una persona normal sin entrenamiento, aun después de
varios meses de supervivencia constante, había descubierto que no era
suficiente para eliminar por completo su presencia y el sonido de sus pisadas;
por tanto, solo quedaba una posibilidad.
Sepulturera corrió
hacia la pequeña terraza, cogiendo a su paso las pocas pertenencias que
consiguió reunir el día anterior, agarró la cuerda improvisada y saltó por la
terraza. Si se equivocaba solo tendría que encontrar otro refugio, si acertaba,
salvaría su vida.
El impulso del salto
la estrelló contra la pared de la siguiente terraza, haciéndola perder el aire
de los pulmones. Sepulturera apoyó los pies en la pared y comenzó a bajar por
las terrazas. Todos los pájaros habían desaparecido y el silencio la helaba los
huesos más que el frío invernal del amanecer. Los rayos aparecían tímidos entre
líneas de edificios y pequeñas copas de árboles lejanos, al igual que cabezas
tras unos coches que escondían las armas que llevaban sus poseedores.
Sepulturera miró hacia
arriba, pensando en diversos planes que le ayudarían a salir de aquel atolladero
en el que ella misma había metido su propia cabeza.
Bajar o subir, en
ambas estaba realmente jodida. Bajar significaba disparos, subir significaba
disparos y estar atrapada.
La cuerda terminaba en
el primer piso, y a los hombres todavía no se les había ocurrido por suerte
mirar hacia arriba. Sepulturera localizó todos los coches y a los hombres que
se encontraban en la calle, muertos o no, cuando la cuerda se soltó de pronto.
Sepulturera cayó los cuatro metros que la separaban del suelo, los hombres la
habían encontrado.
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