30 ago 2014

Almas Errantes

Capítulo 7
La estantería rozaba contra la pared bajo su peso, la pala abandonada contra las puertas del viejo armario, preparada para volver a ser empuñada como un arma.
Sepulturera comenzó a subir, dagas en mano, como le había enseñado aquel soldado en un pasado no tan lejano. El vestido recogido entre las piernas y las correas le permitían sentirse libre, la respiración pausada, no tener miedo.
Aquella persona que se mantenía escondida no la había pegado un tiro al asomar la cabeza por el agujero del techo, por lo que existían tres opciones: estaba desarmada, herida o no tenía el entrenamiento o los reflejos suficientes para pensar en reaccionar con el arma en un momento de estrés elevado. Sepulturera no quería ninguna de las opciones, prefería un hombre fuerte, armado y con entrenamiento para matar, no alguien asustado que no pudiese dejar de temblar al empuñar una pistola.
Si se producía alguna de aquellas situaciones, Sepulturera abandonaría a la persona, no permitiría que un humano impidiese su supervivencia, por reducir su velocidad, sus provisiones y en definitiva sus posibilidades de supervivencia.

Cuando asomó la cabeza otro golpe fue directo hacia su cabeza. Sepulturera paró el golpe colocando el antebrazo derecho frente a ella, con la daga plana para no asestar un corte equivocado, ni a la otra persona, ni a ella misma. La daga de la mano izquierda cayó, chocando con los barrotes de la estantería, agarró el borrón oscuro que pasaba frente a sus ojos al mismo tiempo que dejaba caer todo su peso.
Los pies en el aire y los sesenta kilogramos de masa muerta permitieron que los dos humanos cayesen al vacío.

Una cara, redonda y aniñada, con unos ojos llenos de vida y lágrimas.
Era lo último que había podido contemplar Sepulturera antes de caer con el hombre sobre el amasijo de hierros que era la estantería del almacén. La penumbra era menor en el agujero del techo, tal vez una linterna o algo electrónico que todavía conservase la energía estaba siendo tapada por un trapo o una mano, los ojos de Sepulturera habían perdido la visión absoluta en la penumbra del almacén por culpa de aquello.
Apartó al hombre mientras sus ojos volvían a las sombras, rodando hacia el lado derecho, con la espalda protegida y la daga apuntando al hombre que todavía permanecía, quejándose, tendido sobre la estantería.
El hombre intentó incorporarse, pero una daga apuntaba a su cuello y una voz ronca se escuchó sobre los sollozos amortiguados de un niño en el falso techo.


22 ago 2014

Almas Errantes

Capítulo 6
El almacén de los ultramarinos quedó sumido en la oscuridad total, los ruidos quedaban amortiguados tras las paredes: los cristales rotos siendo destrozados por calzado de personas sin alma, los choques producidos por cuerpos sin control contra las estanterías y paredes…

Sepulturera se recostó contra el armario de la puerta, y cogió una daga con cada mano, había tomado hacía un tiempo la costumbre de pasear las cuchillas entre sus dedos, con movimientos cada vez más rápidos, para conseguir aislarse de todas las pesadillas que asolaban su mundo.
Los movimientos repetidos permitían a su cuerpo relajarse al encontrar una rutina en la que centrarse, poco a poco, iba recobrando el sentido lógico y los instintos de supervivencia.
El llanto la había provocado entrar en shock, hacía tanto tiempo que no se topaba con otro ser humano, que reaccionó de forma estúpida, creando la situación actual. Atrapada en un lugar sin ventilación, ni salida alternativa.
Sepulturera continuó buscando provisiones con las que rellenar la pequeña mochila atada a su cintura, mientras ignoraba los ruidos procedentes del exterior. Los golpes y arañazos se convirtieron en una constante fácil de evitar.

Después de media hora y unos ojos acostumbrados a la oscuridad reinante en la habitación de diez metros cuadrados, Sepulturera consiguió encontrar dos botellas de agua más, un refresco y algunas barritas caducadas no hacía mucho tiempo.
Los sollozos cesaron al quedarse atrapada en el almacén, los ruidos del otro lado de la puerta seguían sonando, Sepulturera se puso de nuevo en movimiento. Con la mochila preparada, comenzó a pensar en diferentes alternativas: salir sería una completa locura, aunque la puerta se abriese hacia el exterior, no sabía el número exacto de no muertos que podría encontrarse, si había más de cuatro, no podría contra ellos. No existían ventanas en aquella habitación, y las paredes eran lo suficiente gruesas para impedir que pudiese abrirse paso a través de ellas, por lo que solo le quedaba una alternativa.

En ese momento todo se aclaró en su mente, la losa del falso techo que había sido retirada, el repentino silencio al encontrarse encerrada en una habitación sin salida, y los sollozos continuos al encontrarse con el no muerto en la misma situación.

Sepulturera subió. El techo no estaba demasiado alto, una estantería derrumbada le permitió conseguir el camino hacia lo que le esperaba en aquel lugar. La oscuridad le impedía ver de forma clara, por lo que fuese lo que fuese que aguardaba entre el falso techo y el armazón del edificio saltaría en un parpadeo.
Lentamente, con las dos dagas desenfundadas y el vestido anudado a los muslos, Sepulturera subió.

El destello la cegó por un momento, después vino el dolor. La nariz le sangraba y palpitaba con fuerza, algo negro había pasado por delante de sus ojos y se había estrellado contra su tabique nasal, lo que provocó que cayese de forma estrepitosa sobre la estantería de acero.
El ruido provocó más golpes contra la puerta, el armario chirriaba por la fuerza producida en el lado contrario, pequeños golpes lo movían de su sitio.
Sepulturera se lazó de lado hacia el suelo, en una posición semiagachada, con el vestido rozando levemente el suelo y los músculos de las piernas cargados de tensión. Pero nada apareció. Empujó con un hombro el armario en su posición y volvió a intentarlo. Que le sangrase la nariz era una buena señal, significaba que lo que fuese que estaba escondido en aquel lugar, todavía respiraba. Solo quedaba decidir si era una opción viable o no para su supervivencia.


Sepulturera se alzó de nuevo. 

20 ago 2014

Almas Errantes

Capítulo 5
La pared quedaba a dos pasos a su espalda, el pomo redondo se resbalaba de su mano, mientras el arma quedaba colgando unos centímetros tras su pierna derecha.
La puerta abría en dirección a Sepulturera, parecía que hacía mucho que no habían echado aceite en los goznes, provocando un agudo chirrido que alertó al no muerto que aguardaba en el interior de la estancia. Antes de que pudiese abrir la puerta, el no muerto se encontraba ya a menos de un paso de Sepulturera, y la pared a menos de dos de su espalda, huir no era una opción.
El cadáver mantenía sus brazos alzados, dejando a la vista un estómago casi vacío, debido a que sus intestinos colgaban rozándose con el pantalón corto y ajado que posibilitaba la visión de un fémur y rótula al aire en la pierna izquierda del zombi.
Tambaleante, el no muerto se mantenía erguido, con la boca chasqueante.
Sepulturera actuó, movimientos consecutivos y gráciles, como un baile, que le permitieron acabar con la amenaza. Una rápida sucesión: primero soltar el arma, acortar la distancia, agarrar el brazo izquierdo, mantener el talón izquierdo apoyado en el suelo mientras giraba para dar la espalda a su agresor, agacharse y lanzar. El zombi cayó al suelo con un sonido sordo, de sangre seca y huesos rotos. Mientras Sepulturera había efectuado la llave, también levantó su vestido hasta colocarlo encajado entre su muslo y un fajín repleto de dagas, vació uno de los huecos y descargó la daga contra el ojo izquierdo de aquel ser. El combate había terminado en menos de treinta segundos.

Sepulturera limpió la daga en la camiseta rasgada del cadáver y lo guardó en su hueco. Se bajó el vestido y lo alisó con una mano mientras con la otra guardaba la pala a la espalda.
Cuando se giró reconoció la habitación, era un simple almacén, mediría unos 10 metros cuadrados y tenía un techo bajo, una de los paneles estaba desencajado, por lo que debía ser un falso techo.
Sepulturera entró e inspeccionó el lugar, varias estanterías estaban todavía repletas de latas de comida, pero todas demasiado caducadas para poder ser comestibles. Divisó al fondo de una de ellas dos botellas de agua, todavía sin abrir, que se habían caído por el agujero existente entre las baldas y la pared, por lo que seguramente pasaron desapercibidas para los anteriores saqueadores.
Un pequeño ruido alertó todos los instintos de Sepulturera, dejó de buscar provisiones para atender aquel tenue sonido. La respiración entrecortada y espasmódica, inconfundible en un llanto. Sepulturera comenzó a buscar, alterada, un ser humano, hacía demasiado tiempo que había encontrado a otro tan vivo como ella, pero no lo encontraba por ningún lado. El almacén no era tan grande para que pudiese esconderse de ella, pero aun así no lograba encontrarlo: detrás de las estanterías, tiraba los armarios, empujaba cajas y abría las que estaban cerradas, barriles, esquinas, nada… Sepulturera salió del almacén y volvió a recorrer la tienda por completo, no le importaba el ruido, quería encontrar el origen del llanto.


Varios no muertos fueron atraídos por el sonido de las estanterías y armarios derribados, cristales pisados y un ser vivo en movimiento. Poco a poco, todos los cadáveres andantes de la calle se aglomeraban en las cercanías del ultramarino donde se encontraba Sepulturera. Retrocedió de nuevo hasta el almacén y cerró la puerta, encajando un armario cercano. Seguía oyendo el llanto, pero Sepulturera prestaba más atención a los ruidos que podrían oírse desde el exterior, si conseguía aguantar allí dentro lo suficiente para que los no muertos perdiesen el interés por el nuevo sonido, conseguiría sobrevivir un día más. 

18 ago 2014

Almas Errantes

Capítulo 4
Limpió la pala en la chaqueta sucia de la mujer a la que había destrozado la cabeza.

Las manchas de sangre seca estaban pegadas al acero de la pala a causa del tiempo que había transcurrido desde que la tomó entre sus manos. El mango del arma tuvo que ser remplazado varias veces, a causa de las astillas o la rotura como consecuencia de numerosos golpes. Ahora este, estaba recubierto por numerosas vendas que permitían a Sepulturera asir el mango con fuerza sin miedo a que se formasen heridas o clavasen astillas.
Sepulturera tenía los nudillos blancos por la fuerza aplicada en el agarre de la pala, pero tres cadáveres formaban una fila irregular, en aquel callejón oscuro, completamente inertes, como deberían estar los muertos.
Su respiración era agitada a causa del movimiento y la adrenalina. Controló su respiración y aflojó las manos para colocar de nuevo en su espalda la pala.
Sepulturera salió del callejón.

Había andado unos diez minutos, ahora la barricada quedaba a su espalda, levantándose varios cuerpos por encima de ella, mientras que la tienda de ultramarinos se encontraba a su izquierda. La calle estaba casi vacía de vehículos, estaba claro que eran aquellos automóviles los que habían sido usados para construir el muro de contención contra la muerte. Pero también había sido evidente la falta de éxito que tuvieron, algunos zombis caminaban, como sonámbulos por la calle, la mitad de ellos estaban sumidos en su sueño sin sueños, y otros estaban tumbados, seguramente con un tiro en la cabeza, o con falta de ella.
Sepulturera caminó hacia el escaparate de la tienda, en busca de alguna señal que la alertase de la proximidad de algún otro no muerto; la cristalera estaba rota, como en la mayoría de los comercios, y la puerta reventada. Sepulturera entró por esta última.
Los cristales sonaban bajo el peso de sus botas de montaña, y eran arrastrados por el vuelo de su vestido. La luz estaba apagada, hacía mucho que habían cortado todos los suministros, lo que provocó la segunda peor oleada para aquella ciudad: los carroñeros, aquellas personas que desvalijaban cualquier lugar, privado o público que pudiesen encontrar, para saquear todo lo posible.
Sepulturera entró de forma pausada, parándose y mirando tanto tiempo hacia atrás como lo que tenía delante, divisando cada cuerpo sin vida que ocupaba su campo de visión e intentando encontrar a los que no lo hacía.
Las estanterías estaban tiradas o desvalijadas, cosas inútiles se hallaban tiradas en el suelo, dónde pudo conseguir una pequeña riñonera, en la que podría cargar sus pocas provisiones. Pero allí no había una sola botella de agua o chocolatina que llevarse a la boca. Sepulturera no desistió, revolvió cada estante, siempre atenta al escaparate y la puerta abierta de par en par que se encontraban a su espalda, mientras buscaba algún alimento o bebida que poder tomar. La tienda tenía forma de “L”, Sepulturera se acercó hacia el fondo, encontrando una puerta de la que colgaba un cartel que indicaba que solo estaba permitido el personal de la tienda. Sepulturera quitó el cartel, odiaba no cumplir las normas incluso en aquella ciudad sin ley. El cruel silencio volvió a invadir sus oídos, permitiendo escuchar lo que se encontraba detrás. Una débil respiración, los no muertos soltaban gases continuamente debido a que ingerían cada poco tiempo alimento que no podían digerir. Sepulturera agarró su pala con la mano derecha, y el pomo de la puerta con izquierda.


 Y entonces la abrió. 

16 ago 2014

Almas Errantes

Capítulo 3
El primer paso alteró a las ocupantes de las sombras, con tan poco espacio Sepulturera necesitaba derribar al primero para ganar tiempo.
El primer golpe, la pala rozó el suelo y fue hacia la rodilla izquierda del no muerto, la rótula salió de su sitio y el cuerpo cayó hacia adelante; Sepulturera se apartó de la caída del cadáver dando un giro sobre su pierna derecha, el vuelo del vestido seguía los movimientos de su cuerpo segundos más tarde, permitiendo su libre movimiento.

Corrió hacia el hombre que se encontraba pegado al contenedor, el no muerto era torpe y lento, todavía estaba dando la vuelta cuando el canto de la pala se clavó en la base de la nuca, y chocó contra el metal del contenedor industrial provocando un sonido hueco amortiguado por la carne putrefacta del cadáver andante.
La cabeza cayó, Sepulturera dio media vuelta hacia el zombi que había caído al inicio, éste pugnaba por levantarse apoyado en el brazo roto. Sepulturera levantó la pala hacia el cielo y golpeó el cráneo. 
La primera vez rompió su cuello a causa del impacto, la segunda vez escuchó el hueso abrirse, la tercera vez, parte del área frontal del cráneo salió despedida, la cuarta vez, fue para asegurarse de que jamás volvería a intentar levantarse. 
Los líquidos y la masa cerebral salían despacio por el agujero abierto en la cabeza. Debido a la fuerza el ojo izquierdo había sido expulsado de su cuenca y se hallaba colgado, bamboleante todavía por los golpes, a un lado de la cara destrozada.

La mujer se encontraba a tres metros de ella, la sonrisa perpetua era seguida por unos ojos fríos, grises y carentes de expresión.
La mujer con su uniforme de trabajo todavía poseía la pequeña placa con su nombre. Pero Sepulturera no miró, a las pesadillas no se les ponía nombre.

La pala cambió de mano tras su espalda mientras ella avanzaba con pasos largos. Las pisadas eran suaves y ligeras, los brazos de la mujer se extendían para agarrarla, inertes y fríos. Un pájaro elevó el vuelo desde su escondite. Sepulturera giró la pala entre sus manos, poniéndola en posición, su rodilla izquierda tocó el suelo, semiagachada y con un punto de apoyo, Sepulturera descargó el golpe contra las rodillas de la mujer. El cuerpo cargó de frente, apoyando contra el duro suelo una sonrisa permanente, el pie de Sepulturera se apoyó contra la espalda de la mujer, impidiendo que se levantara, y la pala descendió. 

14 ago 2014

Almas Errantes

Capítulo 2
Sepulturera había tomado una decisión, todos aquellos años que había pasado entrenándose la dotaron de rapidez mental y física. Los músculos respondían de forma eficiente, haciendo posible el mínimo uso de la energía que necesitaba.
Los pasos eran decisivos, no podría pasar aquella barricada, pues era demasiado alta y los riesgos eran demasiado elevados, por lo que debería recorrer dos calles que se encontraban a su derecha, dando un rodeo a la manzana para recorrer un callejón que se pasaba entre diferentes tiendas.
La mirada de Sepulturera pasaba rápido, investigando y reconociendo el terreno en busca de algún peligro; pero no encontró ninguno. Los coches por aquella zona se contaban en menor número debido a que era una calle secundaria poco transitada aun teniendo numerosas tiendas, pensó que era por la rápida huida por la que habían optado todos los habitantes para salvar sus vidas, sin pensar que millones de personas pensarían de igual forma.
Recordó los primeros momentos, desde la ventana de su habitación, oía los gritos y los claxon; el pánico había recorrido veloz la larga sucesión de automóviles, el miedo se apoderaba de las personas, que provocaron la formulación de decisiones estúpidas: muchos salían de sus coches, otros optaban por accionar el claxon, como si aquel ruido infernal fuese a solucionar el problema de la inmovilidad del tráfico. Algunas personas estaban ya infectadas, sacaban sus brazos y cabezas, alargándose lo máximo que les permitía el cinturón de seguridad, otros simplemente arrastraban sus cuerpos inertes fuera del vehículo para levantarse tambaleantes y atrapar en un abrazo mortal a las personas indefensas y temerosas que aparecían a su lado.
Algunos familiares se ataban a los no muertos, incapaces de dejarlos atrás, intentando creer que aquella pesadilla tendría algún final, que sus queridos amigos, maridos, mujeres o hijos podrían ser curados.
Algunos, subían a sus coches y aclamaban a los cielos piedad y perdón por los actos que habían cometido en sus vidas, en un vano intento de calmar su temor, mientras los no muertos aporreaban el capó y el techo del coche, haciendo una fila que se convertía en una escalera para los últimos en llegar y los primeros de disponer un plato caliente que llevarse directos a la boca.
Todas las escenas se agolpaban a la vez en la cabeza de Sepulturera, la respiración controlada impedía que llorase o gritase, la carrera que se concentrase en ellos, y los gemidos de sus compañeros que perdiese la concentración de lo que tenía delante.

Había llegado al callejón en menos de diez minutos, con la respiración entrecortada que intentaba calmarse a pasos acelerados. Sepulturera agarró la pala que tenía a su espalda, la misma que había utilizado en tantas otras ocasiones, y se preparó para aplastar los cráneos de aquellos no muertos que se encontraban en el camino a su salvación.
Un grupo de tres zombis se encontraban en lo profundo del callejón, tambaleantes y quietos, a la espera de un movimiento o un ruido que les alertase de una presa a la que acechar. El más cercano se encontraba a cinco metros de Sepulturera, le faltaba la mandíbula inferior, y su brazo derecho caía inerte a su costado, bamboleante por el movimiento. Uno de sus compañeros se encontraba mirando de frente a un contenedor industrial, con la cabeza colgando de un cuello partido, y unas costillas siempre visibles bajo una camiseta desquebrajada. Y el último era una mujer, había vestido unos pantalones negros y una chaqueta de trabajo de una tienda cercana, y ahora se encontraba gimiendo, con media cabellera suelta y una sonrisa perpetua por la falta de su labio superior.

Sepulturera dio el primer paso y todo volvió a comenzar. 

12 ago 2014

Almas Errantes

Capítulo 1
El batir de las alas, el susurro de los carroñeros, el silencio inmortal y los gemidos de almas torturadas.
El tiempo se había detenido en el “día cero”, las horas se almacenaban en días, los días se juntaban en semanas y las semanas en meses, nadie sabía realmente el tiempo que trascurrió desde el incidente.
Los primeros momentos de caos nadie prestó atención; las muertes eran escasas y la enfermedad extraña, nadie pensó que serían los siguientes, pero la mentira trae consigo la desesperación.
Las noticias mantenían al pueblo en una sosegada tranquilidad, sin información, sin previsión de futuro… no pudieron salvar a más de cientos. Los paranoicos, los extraños, los aislados de la sociedad fueron los que consiguieron sobrevivir a las primeras oleadas. El miedo a ser encontrados, a morir, a desaparecer, les hacía mantenerse con vida por más tiempo, a los llamados extraños, escombros de la sociedad, la basura social, fue quien consiguió sobrevivir ante el caos, el miedo, la desesperación y la muerte.

La noche había vencido y el sol aparecía tímido entre los coches de la gran ciudad. La respiración entrecortada se desdibujaba en el aire a causa del frío de la mañana, las ropas pegadas al cuerpo estaban manchadas de restos de sangre seca, coágulos y carne en proceso de descomposición. La pala colgaba en su espalda, balanceándose tras el movimiento rápido de sus piernas. La carrera silenciosa en medio de la noche había permitido mantenerla caliente, pero ahora tenía hambre, Sepulturera había tenido que tirar la mochila en una carrera desesperada al encontrarse con una pequeña horda de no muertos, por lo que no tenía comida ni bebida.
Sigilosa y concentrada, los ojos de color negro estaban concentrados en el camino que debía recorrer: la mayoría de los coches se hallaban torcidos en la carretera, accidentados unos sobre otros, volcados o en llamas, otros, todavía contenían a sus ocupantes, gimiendo en su interior atados al cinturón de seguridad, otros colgaban de las ventanas, con el cráneo aplastado o con un agujero de bala. Los que todavía quedaban vivos golpeaban con manos ensangrentadas los cristales para intentar atrapar la estela del vestido de Sepulturera, pero ella ignoraba a aquellas criaturas.
Sepulturera se paró, a unos cincuenta metros la calle se encontraba cortada por una barricada, creada por coches, contenedores y todo lo que las personas habían conseguido apilar en el poco tiempo del que dispusieron.
La tienda de alimentación se encontraba detrás de aquella barricada, necesitaba la comida, pero sobretodo necesitaba hidratarse. La carrera había durado toda la noche y los labios se habían cortado por el frío y la falta de agua, tenía que encontrar una solución pronto.

Los gemidos pútridos de los no muertos, el susurro de las alas batiéndose, el silencio inmortal que predominaba en la gran ciudad, todo aquello la impedía concentrarse, hacía unas semanas había encontrado un mapa de la ciudad en una de las bibliotecas de la localidad en la que se encontraba en ese momento, y estudió todas las calles y callejones de aquel territorio, pero no podía recordar. Los gemidos y el aleteo de los pájaros le recordaban a su familia, quien acudía a su mente en vez de las calles que debía recordar. No podía pensar. Sepulturera cerró los ojos y respiró, una, dos, tres veces, hasta que consiguió calmarse, olvidarse de su pasado, de su vida, de todo aquello que le había importado en algún momento de sus 20 años… y se puso en movimiento. 
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