20 sept 2014

Almas Errantes

Capítulo 13
La ciudad había desaparecido al igual que el Sol, las carreteras habían sido su vía más rápida hasta las afueras de la ciudad, convirtiendo el paisaje en un sinfín de campos de cultivos y árboles, en vez de farolas y tiendas. En opinión de Sepulturera el cambio era a mejor.
Uno de los hombres había bajado un poco su ventanilla para que el humo del cigarro se filtrase al exterior y no incordiase al resto de ocupantes, pero aparte de ese hecho, nadie había hecho ningún otro movimiento o seña para interrogar o molestar a Sepulturera. Eso provocó un sentimiento que pretendía mantener oculto desde que se encontró con Lobo y Einstein: esperanza.
Sepulturera conocía a hombres de todas las clases, buenos, malos, fieros y dóciles, pero desde que todo había acabado, conoció a los retorcidos. Había pasado por muchos caminos que no la gustaron, y no quería volver a pasar por ellos, por lo que encontrar a hombres que no la mirasen de forma lasciva, o simplemente se divirtiesen con el dolor ajeno, la llenaba de gratitud y esperanza, pero tampoco era ingenua, sabía que no podía fiarse de las primeras apariencias, y aunque su instinto rara vez la fallaba, cometería una estupidez si dejaba llevarse simplemente por ellos, para sobrevivir eran necesarios los instintos, pero no siempre te salvaban y eso mucha gente había llegado a olvidarlo.

Después de una hora más el conductor presionó el claxon en una serie repetida: claxon corto, parada, claxon largo, claxon corto y parada. Estaba oscuro, pero no encendieron los faros en todo el trayecto, Sepulturera solo vio la verja cuando pasaban a través de ella.
La casa era grande, de dos plantas y un patio dónde podían aparcar la furgoneta y al parecer otro coche más, Sepulturera consiguió ver movimiento frente a ellos.
Los hombres que la acompañaban volvieron a bajar en el mismo tiempo que habían subido, siendo ella la tercera en salir, para poder ser vigilada y de nuevo agarrada por las esposas. Empezaron a caminar.

Contando a los cuatro hombres que la acompañaban, en la casa había otros dos, dos mujeres y un niño. En el interior los hombres parecían bajar la guardia, siendo solo el hombre del machete el que se mantenía armado y listo para luchar contra ella en caso de que se le pasase la idea de escapar o atacar por la cabeza. Sepulturera soltó un suspiro, si pensaba aquel hombre que con siete adultos, armados, esposada y a oscuras pensaba escapar, estaba completamente loco. El hombre que la había atrapado estaba hablando con los nuevos amigos de Sepulturera, contando cómo la encontraron y lo ocurrido durante el día anterior. Durante el largo día anterior, Sepulturera estaba cansada, agotada, por todo lo que ocurrió en tan corto periodo de tiempo. Primero Einstein y Lobo, y ahora era atrapada y esposada por una panda de a saber qué en un sitio completamente desconocido.
Sepulturera pensaba en la suerte de mierda que estaba teniendo cuándo por el rabillo del ojo vio dos figuras más bajar por la escalera. Sepulturera se giró y no pudo creer lo que estaba viendo. Lobo…y también Einstein, sanos y salvos y con aquella gente.

Lobo abrió muchos los ojos al ver la imagen de la mujer que hacía no tantas horas habían salvado su vida y la del niño.
- ¡Es la mujer de la tienda! ¡La mujer de la tienda!- Einstein gritaba emocionado al ver a Sepulturera en el recibidor de la granja, pues si ellos se encontraban allí, debía ser el sitio que Lobo había garabateado en el papel que Sepulturera mantenía en su mochila.
- ¿Conocéis a la mujer?-El pequeño hombre había dejado de hablar en el mismo instante que Einstein abrió la boca y miró en su dirección.- ¿Es peligrosa?
- Bueno, supongo que lo que definas por peligrosa, ella se ha mantenido con vida y también nos salvó la vida.- Lobo miraba hacia ella, no hacia el hombre.- Así que se puede decir que sí y no.
Sepulturera no intervino, no tenía nada que decir, esta vez tenía que dejar su vida a la suerte, pues aunque quisiese pelear, eran demasiados como para saber que podría vencer.

La llevaron hasta un pequeño cuarto de estar, que disponía de dos sofás, un sillón y una pantalla de televisión apagada por falta de electricidad. El hombre del machete seguía acompañándola a todas partes, pero ya no la agarraba de las esposas, aunque tampoco se las había quitado. Einstein estaba con ellos, sentado en el suelo frente a Sepulturera.
- Al principio me daba miedo, porque tiró de Lobo muy fuerte y lo hizo caer al suelo, y luego le pegó, pero también nos ayudó a escapar.-Einstein parecía que no tomaba aire cuando pasaba de una frase a otra mientras hablaba, siempre dirigiendo su mirada de un adulto a otro sin perder la sonrisa.- Pero luego nos ayudó, y se llevó a todos los hombres feos lejos de nosotros, y nos dio comida, eso a Lobo le pareció muy bien, pero me la terminé comiendo yo toda porque Lobo decía que no tenía hambre, aunque cuando se durmió en un coche empezó a sonarle la barriga. Siempre preguntaba si íbamos a volver a verte- dijo mientras miraba esta vez, solo a Sepulturera.- pero Lobo nunca me respondía, nunca responde a las preguntas que hago, y ya tengo casi seis años, soy mayor.
Cuando Einstein dijo esas palabras, Sepulturera forzó una media sonrisa. Que tuviese casi seis años y tuviese que pasar por todas las pesadillas que ahora poblaban la realidad, la destrozaba el corazón, un corazón que debía apresurarse a dejar atrás si quería seguir con vida.

El hombre más pequeño entro con Lobo al cuarto de estar donde se encontraba Sepulturera y mandó al niño a su habitación. Los músculos se le pusieron tensos, la mirada del hombre seguía siendo fría e inhumana, mientras que la de su acompañante simplemente era indiferente. El hombre del machete también se marchó de la sala, al parecer lo que iban a decirla era demasiado serio para que los demás lo escucharan. Sepulturera contuvo el aliento mientras los dos hombres se sentaban.
- Me llaman Jefe.


19 sept 2014

Almas Errantes

 Capítulo 12
La caída resultó dolorosa. Los cuatro metros que separaban a Sepulturera del duro asfalto provocaron un tobillo y hombro doloridos. Se mantenía en el suelo, viendo la cara de dos hombres sobresalir de la barandilla de la terraza del tercer piso, y el cañón de unas pistolas. Sepulturera se incorporó rodando hacia el lado de su hombro sano, manteniendo su cuerpo siempre por debajo de las ventanillas de los vehículos abandonados en la calle silenciosa.
- Sal y tal vez no te disparemos.- Una voz masculina, pero no demasiado profunda sonó a unos pocos metros de donde se encontraba Sepulturera.
- Gracias por la oferta, pero creo que voy a declinar.- Sepulturera se movía entre los coches, intentando alejarse del origen de las voces, pero a sabiendas que con dos hombres vigilando en las alturas le sería imposible escapar. Estaba jodida.
- No creo que debas hacer eso.- Mientras la frase aún continuaba en el aire, el cañón de una pistola se posó en su cráneo.- No te muevas preciosa, no quiero mancharme las botas.- Sepulturera odiaba que la llamasen preciosa, pero no hizo ningún movimiento.- Levanta.- La voz del hombre se volvió fría y sin vida en un instante, un escalofrío recorrió la columna de Sepulturera y se levantó, girando para mirar al hombre. Si iba a morir, quería verle la cara.

El hombre que la apuntaba medía unos centímetros menos, por lo que debía mantener el brazo levantado para apuntar a su frente. No era corpulento, tampoco era delgado, la ropa estaba algo desgastada pero no tanto como la de Sepulturera, él vestía un uniforme militar. Los cuatro hombres iban con el mismo uniforme.
Dos de ellos, los que estaban en la terraza y seguramente habían cortado o desatado las sábanas mientras ella se deslizaba hacia la calle, la estaban dando la espalda, y se dio cuenta que en vez de pistolas como había visto desde el suelo, lo que mantenían alzado eran rifles de caza. El otro hombre que miraba en su dirección tenía un machete manchado de sangre seca.
Sepulturera posó su mirada sobre el hombre la apuntaba, estaba tranquilo y no le temblaba la mano, por lo que seguramente había matado humanos vivos antes. Hizo un gesto con la cabeza y el hombre del machete se acercó hasta ella, desatando el cinturón que mantenía la pala a su espalda y la mochila de su cadera. Después volvió a su posición inicial, mientras revisaba sus pertenencias.
- Date la vuelta.- El ruido de unas esposas sonaron a su espalda, el hombre bajó el arma y cogió una de sus manos, para después notar algo frío que se cernía sobre su muñeca, demasiado apretado. Después fue la otra.

Sepulturera calculaba que llevaban una hora andando más o menos y en todo ese tiempo la mano del hombre del machete no se había movido de la cadena de sus esposas. En todo ese tiempo su mente había analizado la situación y he intentado encontrar soluciones posibles a aquel problema en el que se estaba, pero el grupo estaba preparado y aunque consiguiese huir de sus asaltantes Sepulturera no podría utilizar las manos.
Las esposas cortaban la circulación de sus dedos, dejándolos dormidos e inservibles, y al tener sujeta la cadena de las esposas Sepulturera no podría dislocarse los pulgares para intentar quitarse las esposas. Tampoco podía huir, la mayoría tenían armas de fuego y cerraban un círculo en torno a ella, si Sepulturera conseguía derribar a dos de aquellos hombres antes de que los otros dos apuntasen y disparasen, todavía tenían tiempo suficiente para hacerlo mientras se escondía entre los coches abandonados. Por todo aquello, Sepulturera había llegado a la conclusión de que debía esperar y obedecer hasta llegar a dónde sea que la llevasen.

Después de media hora más, el grupo paró frente a una furgoneta de color blanco cubierta de barro. Uno de ellos abrió la puerta del conductor y quitó el seguro interior de la puerta lateral, se sentó en el asiento del conductor y apuntó su arma hacía Sepulturera, manteniendo el dedo siempre en el gatillo.
- Entra.-La voz que sonó pertenecía al hombre que consiguió atraparla. Sepulturera obedeció las órdenes de aquel sujeto y por primera vez, la mano de las esposas se separó de ella.  
El coche se puso en marcha en el mismo instante que se cerró la puerta por donde Sepulturera accedió a la furgoneta. El motor comenzó a rugir. 

13 sept 2014

Almas Errantes

Capítulo 11
La persiana no permitía conocer la hora que era. Sepulturera se había despertado por algún motivo, pero aun no reconocía cuál era. La noche anterior consiguió encontrar una manta y un poco de comida para pasar la noche en el apartamento del bloque veinte, cuyos propietarios habían decidido marcharse de manera apurada dejando de manera conveniente varias cosas para su propio uso.
Su cerebro procesaba información al mismo ritmo que los latía su corazón: no escuchaba nada, era el mismo silencio sepulcral que reinaba de manera permanente en la ciudad desde que todo había comenzado…pero existía algo diferente, el trino de los pájaros hacía mucho tiempo que no se escuchaban, solo los graznidos de los carnívoros o carroñeros, mezclados con los gemidos suplicantes de los hambrientos cadáveres. Pero incluso eso había desaparecido. Sepulturera se levantó y recogió la pala y la pequeña mochila que había preparado el día anterior, con algo más de comida y ahora la manta raída por las polillas que encontró en la habitación del matrimonio.
La ausencia de esos sonidos la intranquilizaba y provocó que se despertase por completo. Su cerebro funcionaba a toda velocidad, buscando alternativas posibles: los no muertos solo podían subir escaleras cuando su descomposición no era muy avanzaba o no poseían el rigor mortis, resultando aun así una tarea casi imposible de realizar para ellos. Una persona normal sin entrenamiento, aun después de varios meses de supervivencia constante, había descubierto que no era suficiente para eliminar por completo su presencia y el sonido de sus pisadas; por tanto, solo quedaba una posibilidad.

Sepulturera corrió hacia la pequeña terraza, cogiendo a su paso las pocas pertenencias que consiguió reunir el día anterior, agarró la cuerda improvisada y saltó por la terraza. Si se equivocaba solo tendría que encontrar otro refugio, si acertaba, salvaría su vida.
El impulso del salto la estrelló contra la pared de la siguiente terraza, haciéndola perder el aire de los pulmones. Sepulturera apoyó los pies en la pared y comenzó a bajar por las terrazas. Todos los pájaros habían desaparecido y el silencio la helaba los huesos más que el frío invernal del amanecer. Los rayos aparecían tímidos entre líneas de edificios y pequeñas copas de árboles lejanos, al igual que cabezas tras unos coches que escondían las armas que llevaban sus poseedores.
Sepulturera miró hacia arriba, pensando en diversos planes que le ayudarían a salir de aquel atolladero en el que ella misma había metido su propia cabeza.
Bajar o subir, en ambas estaba realmente jodida. Bajar significaba disparos, subir significaba disparos y estar atrapada.

La cuerda terminaba en el primer piso, y a los hombres todavía no se les había ocurrido por suerte mirar hacia arriba. Sepulturera localizó todos los coches y a los hombres que se encontraban en la calle, muertos o no, cuando la cuerda se soltó de pronto. Sepulturera cayó los cuatro metros que la separaban del suelo, los hombres la habían encontrado.

6 sept 2014

Almas Errantes

Capítulo 10
Sepulturera se movía rápido, golpeando los coches con la pala y ruido con cada pisada. Miraba atrás, nunca debía mirar atrás, pero no podía evitarlo. Lobo y Einstein pasaban a través de los cristales pasados cinco minutos, cuando todos los no muertos estaban fuera de los ultramarinos. Miraron hacia Sepulturera y se marcharon en dirección contraria, pero dejaron un papel en el suelo antes de que Lobo cogiese al niño en brazos poniéndose en marcha.

Eran unos quince cadáveres más los que la avistaban en la calle y se unían a la cacería. Poco a poco cerraban el círculo, estrangulando las posibilidades de sobrevivir de Sepulturera.
Actuar de distracción le permitió huir de la responsabilidad de cuidar a ambos, niño y adulto, pero también le quitó compañía, algo que añoraba desde hacía meses. Se había alegrado de oír su voz tanto como de poder escuchar la de otra persona, aunque fuese de alguien arrogante que no sabía lo que hacía.
Sepulturera esquivó otro coche, y guardó la pala mientras corría en zigzag para esquivar a cadáveres demasiado descompuestos para que le opusiesen amenaza alguna, subió sobre el maletero de un coche y divisó lo que le quedaba de calle. Por donde había huido se encontraba la barricada, y le quedaban unos pocos metros para toparse contra ella, el callejón por el que apareció estaba tres metros por detrás de su posición. Notó como una mano se agarraba a su gemelo. Bajó la cabeza y vio a una de aquellos seres, cerniéndose sobre su pierna como si no hubiese otra cosa más allá, Sepulturera cogió la pala y le aplastó la cabeza como si utilizase un palo de golf.
Los no muertos comenzaban a juntarse cerca del coche donde estaba subida, debía rodearlos antes de que cerrasen el círculo y seguir por las calles que momentos antes había recorrido Lobo.


Después de una hora, Sepulturera consiguió huir de los zombis y dentro de la mochila llevaba la nota dejada en el suelo. No quiso recogerla, la primera vez que había pasado por delante del escaparate destrozado del ultramarino rechazó la idea de agacharse para recoger el trozo de papel. Pero tanto tiempo aislada le había producido la necesidad de conocer más acerca de otros humanos.
En ese momento Sepulturera se encontraba dirigiéndose al punto dónde indicaba la nota. Era algo alejado, debería encontrar un vehículo para llegar antes del anochecer, y aun así dudaba de que pudiese conseguirlo, Sepulturera creía recordar que era una granja; había pasado por allí hacía unas pocas semanas, al entrar en la ciudad.
Mantenía un paso rápido, casi trote, con la mirada atenta y los oídos bien abiertos. Los coches que se encontraba era inútil siquiera mirar si llevaban las llaves, esto no eran películas americanas, en las que la seguridad de la ciudad te permitía dejar las llaves en el contacto y encontrar el coche al día siguiente dónde lo habías dejado. Aquí las personas se encerraban entre candados y con las pertenencias selladas. Los que no estaban aparcados, estaban rotos, sin gasolina o simplemente abandonados en la calle tras la huida repentina. Sepulturera pasaba de largo, no buscaba un coche, en una ciudad era demasiado difícil encontrar las avenidas lo suficiente limpias como para poder ir rápido, buscaba una moto, o algo lo suficiente grande para apartar a los coches de un empujón.
Desde que había empezado todo aquel caos Sepulturera había aprendido muchas cosas, entre ellas a conducir cualquier cosa que llevase ruedas. También había aprendido a disparar, gracias al soldado, y algunas técnicas más de defensa personal, incluyendo primeros auxilios. Con una madre paranoica por la seguridad, aprendió desde pequeña a mantenerse alerta y guardar sus espaldas.

El Sol estaba en lo alto del cielo, lo que permitió que el frío desapareciese de sus huesos. La pala se mecía suave en su espalda, mientras el vestido corría tras ella. Pocos zombis se encontraban en las calles, la mayoría adormecidos por la falta de sonido y el hambre. El número de vivos había reducido muy rápidamente, pasándose tres cuartos de la población al bando de los no muertos, el otro cuarto se encerraba en sus casas con la falsa esperanza de que algún día serían rescatados.
Pero después de tanto tiempo, muchos habían salido, volviéndose locos y optando por la agresividad y la falta de ética moral.

Tras recorrer un mar de calles, el Sol ya estaba rozando su final, el cansancio se había acumulado en cada músculo de Sepulturera, marcando las agujetas, las heridas y los golpes a lo largo del tiempo. Se encontraba en un barrio rodeado pisos, pocos parques y muchas tiendas, los soportales oscuros con las puertas abiertas. Entró en el número 20, el cumpleaños de su madre y buscó un piso en la cuarta planta: si aparecía alguien querría escucharlo y tener el tiempo suficiente para reaccionar. El piso estaba vacío cuando forzó la entrada, se notaba que la familia que vivía allí antes del incidente había optado por una salida rápida, apurada, cogiendo las cosas básicas y los objetos con mayor valor sentimental, pues todavía se podían ver algunas de las fotografías familiares. Sepulturera miró durante unos minutos una de las imágenes, la familia formada por una pareja joven y un niño recién nacido. Apartó la mirada y preparo su salida. No podía ponerse sentimental, no era el momento. Ató las sábanas que encontró en las habitaciones, dejando una manta para taparse en la oscura noche y preparó el nudo en la barandilla, por si tenía que saltar. Caminó hacia la cocina, el vestido le molestaba, pasaba demasiado tiempo con él, olía mal, demasiado sucio, pero no podía quitárselo, buscó entre los armarios con la esperanza de hallar algún alimento olvidado o caducado hacía poco, era demasiado esperar algo que aún no lo estuviese. Solo encontró una lata de melocotón en almíbar, suficiente para la noche.

El día había acabado.



4 sept 2014

Almas Errantes


Capítulo 9
Sepulturera subió sin esperar a que Lobo y Einstein estuviesen preparados, si querían salir de allí tendrían que seguir su ritmo, no permitiría retrasos. Lo primero que apareció en el falso techo fue la cara redondeada de Einstein. No sabía nada de ellos, casi no podía ver su apariencia, pero si vio todas sus pertenencias. No eran demasiadas, una mochila grande, que debía pertenecer a Lobo, botellas vacías y envoltorios de comida en lata y hostelería. La pequeña mochila que se escondía tras la grande, la suciedad dejaba entre ver un dibujo animado, de los que estaban de moda antes del “día cero”. Dejó las cosas a un lado y recorrió la superficie tumbada sobre sus codos.

Se guiaba por los gemidos hambrientos de los cadáveres que se encontraban bajo ellos. El niño había subido tras ella con ayuda de Lobo, que se encontraba tras el arrastrándose de la misma forma que ella lo había hecho momentos antes, mientras que la altura del niño le permitía recorrer el trayecto de rodillas.
La pequeña mochila que Sepulturera llevaba se le clavaba en el estómago, haciendo de aquella postura algo incómodo. La oreja pegada al falso techo le permitía saber la distancia que ponía entre sus perseguidores insaciables y su nuevo grupo inútil.
Con una señal llamó a Lobo, el hombre entrecerró los ojos para poder observar los movimientos que le hacía su nueva compañera: debía tirar una de las placas cercanas a él, y así lo hizo.

Con el ruido que provocó la placa, rompiéndose en pedazos sobre la destartalada tienda, Sepulturera aprovechó para levantar la que tenía ya en las manos y salir del agujero. Sujetándose con las manos al borde del falso techo, dejó caer su peso en una voltereta, para segundos después, caer de pie y preparada para el ataque.
El vestido de nuevo rozando el suelo, las dagas ocultas bajo las numerosas telas del vuelo y la pala preparada, tensada en el cinturón.
Había muchos no muertos, el ruido que habían provocado ellos y sus compañeros los alteraba. No tardaron demasiado en darse cuenta de su presencia. La cabeza asomada de sus compañeros sobre ella, observando la escena.
Sepulturera tomó la pala entre sus manos y comenzó a golpear todas las estanterías y repisas que encontraba a su paso, creando el mayor sonido posible.
Sabía que aquello llamaría la atención de más zombis, pero tenía que conseguir que los que estaban dentro salieran, siguiendo su rastro; tambaleantes y hambrientos los no muertos comenzaron su persecución.
- Nada más salgan de la tienda, baja al niño y largaos.- Sepulturera miraba al techo y a los cadáveres que la perseguían, buscando que alguno de ellos comprendiese lo que acababa de decir. Ella los sacaría de allí, pero no iba a cuidar de ellos, acto seguido Sepulturera salió de la tienda y se perdió entre los coches. 

3 sept 2014

Almas Errantes

 Capítulo 8
- Si te mueves te mato, si hablas sin permiso te mato, si haces una señal al niño, os mato.- La voz era áspera y ronca, por el tiempo que había permanecido muda. Era una voz extraña que se alegraba de volver a oír, pero eso nunca sería traspasado a sus ojos.
Sepulturera no mentía, mataría al hombre si hacía cualquier cosa que se le hubiese negado, y después abandonaría al niño. Nació bajo una doctrina estricta: nunca amenaces con algo que no puedes cumplir.

Ante ella el pecho del extraño ascendía y descendía en rápidas sucesiones, mostrando la agitación y nerviosismo, sin ser expuesta a ninguna otra forma. Al menos, sabía controlar su cuerpo y no se creía un héroe. La nuez de Adán bajó de manera brusca, y Sepulturera notó la incomodidad de aquel hombre.
- ¿Quiénes sois?
- Lobo…El niño es Einstein.- Su voz era profunda y serena, escondía bien la tensión que dejaba traslucir en su cuerpo.- Oye…noso…
Sepulturera apretó el cuchillo sobre la garganta del hombre. No le había pedido más explicaciones, debía guardar silencio.
- No te equivoques de nuevo. La siguiente te cortaré de oreja a oreja.- Si la escasez de luz hubiese permitido ver la mirada de Sepulturera, el hombre habría tragado de nuevo.- ¿Cuánto tiempo lleváis aquí?
- No…no lo sé, tal vez cuatro o cinco días.
Sepulturera apartó el cuchillo lentamente y se alejó del hombre y de la estantería. Caminaba de forma pausada, pensando que hacer.
Sin duda el hombre sabía mantener la calma, pero había pasado demasiado tiempo escondido como para que supiese mantenerse con vida el solo frente a un solo no muerto. También cabía la posibilidad de que no hiciese nada para mantener a salvo al niño, a Einstein, pero seguía sin comprender por qué durante tanto tiempo. Tampoco había pensado otra forma de escapar, y que el no muerto siguiese dentro del almacén significaba que el niño era un problema, el miedo no le permitía guardar silencio, seguramente los sollozos amortiguados se debían a que el hombre le tapaba la boca.
Sepulturera debía tomar una decisión, miró hacia el hombre, que estaba bajando al niño del falso techo. Los golpes tras la puerta se mantenían, habían formado demasiado alboroto, tardarían bastante tiempo en cansarse de aporrear la puerta, y el ruido que producían los propios no muertos atraerían a más de sus compañeros, tenía que salir de allí cuanto antes.

Sepulturera cogió la pala que se mantenía apoyada en las puertas del armario, hizo otra revisión del almacén, en busca de más alimentos perdidos o botellas de agua o cualquier otro producto que pudiese beber. Las bebidas energéticas escaseaban aún más que el agua. Mientras rebuscaba mantenía un ojo sobre el grupo. Seguía sin conocer la respuesta a la pregunta, ¿debía llevarlos consigo o volver sola? Estaba segura de que si se marchaba sola el hombre no se marcharía de aquel almacén hasta que los no muertos abandonasen la tienda, y no creía posible que tuviesen los suficientes alimentos y bebidas para poder mantenerse con vida hasta aquel momento, por tanto dejarlos allí significaba dejarlos morir. Pero no quería cargar con dos personas que no podían mantenerse vivas.

Después de media hora de revisión exhaustiva del almacén bajo la mirada penetrante del hombre, que mantenía abrazado al niño sobre sus piernas, Sepulturera había tomado una decisión.
- Si tenéis algo que coger, hacedlo, y seguidme. Os sacaré de aquí.
- ¿Pretendes salir por la puerta y matar a todos esos no muertos con una pala?- La voz del hombre sonaba más segura que momentos antes, cuándo tenía un cuchillo apretando su garganta. El sarcasmo que denotaban sus palabras molestaba a Sepulturera.
- Tal vez es que no he pensado bien en la situación…veamos, en este almacén solo quedan estanterías vacías y objetos de plástico que hasta ayer, no podía digerir como comida. Vuestras mochilas, si es que lleváis después de cuatro o cinco días escondidos, deben estar si no vacías, a punto de agotar sus provisiones, y hasta hace unos cuarenta minutos se hallaba en este mismo lugar un cadáver andante sediento del mocoso y de un hombre arrogante. Tal vez salir de este lugar no sea la mejor opción, pero morir de hambre tampoco me parece una gran idea. Además tenías una salida desde que entrasteis en esta habitación y ni siquiera os habéis dado cuenta, para llamarse Einstein, no parece muy listo, pero se le perdona porque tendrá… ¿cinco años?, en cambio el Lobo solitario tenía tal pánico en el cuerpo que prefería abrazarse a un enano que echarle huevos y salir adelante.- La voz de Sepulturera era tranquila, pero se notaban retazos de cólera en demasiadas palabras.

Sepulturera comenzó a caminar, bajo la mirada atenta y el miedo de un niño de cinco años. El hombre no dijo nada más, solo se limitó a bajar a Einstein de su regazo y coger sus cosas. No sabía si había tomado la decisión correcta, pero si debían morir, no sería de hambre, los mataría ella misma.

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