19 sept 2014

Almas Errantes

 Capítulo 12
La caída resultó dolorosa. Los cuatro metros que separaban a Sepulturera del duro asfalto provocaron un tobillo y hombro doloridos. Se mantenía en el suelo, viendo la cara de dos hombres sobresalir de la barandilla de la terraza del tercer piso, y el cañón de unas pistolas. Sepulturera se incorporó rodando hacia el lado de su hombro sano, manteniendo su cuerpo siempre por debajo de las ventanillas de los vehículos abandonados en la calle silenciosa.
- Sal y tal vez no te disparemos.- Una voz masculina, pero no demasiado profunda sonó a unos pocos metros de donde se encontraba Sepulturera.
- Gracias por la oferta, pero creo que voy a declinar.- Sepulturera se movía entre los coches, intentando alejarse del origen de las voces, pero a sabiendas que con dos hombres vigilando en las alturas le sería imposible escapar. Estaba jodida.
- No creo que debas hacer eso.- Mientras la frase aún continuaba en el aire, el cañón de una pistola se posó en su cráneo.- No te muevas preciosa, no quiero mancharme las botas.- Sepulturera odiaba que la llamasen preciosa, pero no hizo ningún movimiento.- Levanta.- La voz del hombre se volvió fría y sin vida en un instante, un escalofrío recorrió la columna de Sepulturera y se levantó, girando para mirar al hombre. Si iba a morir, quería verle la cara.

El hombre que la apuntaba medía unos centímetros menos, por lo que debía mantener el brazo levantado para apuntar a su frente. No era corpulento, tampoco era delgado, la ropa estaba algo desgastada pero no tanto como la de Sepulturera, él vestía un uniforme militar. Los cuatro hombres iban con el mismo uniforme.
Dos de ellos, los que estaban en la terraza y seguramente habían cortado o desatado las sábanas mientras ella se deslizaba hacia la calle, la estaban dando la espalda, y se dio cuenta que en vez de pistolas como había visto desde el suelo, lo que mantenían alzado eran rifles de caza. El otro hombre que miraba en su dirección tenía un machete manchado de sangre seca.
Sepulturera posó su mirada sobre el hombre la apuntaba, estaba tranquilo y no le temblaba la mano, por lo que seguramente había matado humanos vivos antes. Hizo un gesto con la cabeza y el hombre del machete se acercó hasta ella, desatando el cinturón que mantenía la pala a su espalda y la mochila de su cadera. Después volvió a su posición inicial, mientras revisaba sus pertenencias.
- Date la vuelta.- El ruido de unas esposas sonaron a su espalda, el hombre bajó el arma y cogió una de sus manos, para después notar algo frío que se cernía sobre su muñeca, demasiado apretado. Después fue la otra.

Sepulturera calculaba que llevaban una hora andando más o menos y en todo ese tiempo la mano del hombre del machete no se había movido de la cadena de sus esposas. En todo ese tiempo su mente había analizado la situación y he intentado encontrar soluciones posibles a aquel problema en el que se estaba, pero el grupo estaba preparado y aunque consiguiese huir de sus asaltantes Sepulturera no podría utilizar las manos.
Las esposas cortaban la circulación de sus dedos, dejándolos dormidos e inservibles, y al tener sujeta la cadena de las esposas Sepulturera no podría dislocarse los pulgares para intentar quitarse las esposas. Tampoco podía huir, la mayoría tenían armas de fuego y cerraban un círculo en torno a ella, si Sepulturera conseguía derribar a dos de aquellos hombres antes de que los otros dos apuntasen y disparasen, todavía tenían tiempo suficiente para hacerlo mientras se escondía entre los coches abandonados. Por todo aquello, Sepulturera había llegado a la conclusión de que debía esperar y obedecer hasta llegar a dónde sea que la llevasen.

Después de media hora más, el grupo paró frente a una furgoneta de color blanco cubierta de barro. Uno de ellos abrió la puerta del conductor y quitó el seguro interior de la puerta lateral, se sentó en el asiento del conductor y apuntó su arma hacía Sepulturera, manteniendo el dedo siempre en el gatillo.
- Entra.-La voz que sonó pertenecía al hombre que consiguió atraparla. Sepulturera obedeció las órdenes de aquel sujeto y por primera vez, la mano de las esposas se separó de ella.  
El coche se puso en marcha en el mismo instante que se cerró la puerta por donde Sepulturera accedió a la furgoneta. El motor comenzó a rugir. 

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