20 sept 2014

Almas Errantes

Capítulo 13
La ciudad había desaparecido al igual que el Sol, las carreteras habían sido su vía más rápida hasta las afueras de la ciudad, convirtiendo el paisaje en un sinfín de campos de cultivos y árboles, en vez de farolas y tiendas. En opinión de Sepulturera el cambio era a mejor.
Uno de los hombres había bajado un poco su ventanilla para que el humo del cigarro se filtrase al exterior y no incordiase al resto de ocupantes, pero aparte de ese hecho, nadie había hecho ningún otro movimiento o seña para interrogar o molestar a Sepulturera. Eso provocó un sentimiento que pretendía mantener oculto desde que se encontró con Lobo y Einstein: esperanza.
Sepulturera conocía a hombres de todas las clases, buenos, malos, fieros y dóciles, pero desde que todo había acabado, conoció a los retorcidos. Había pasado por muchos caminos que no la gustaron, y no quería volver a pasar por ellos, por lo que encontrar a hombres que no la mirasen de forma lasciva, o simplemente se divirtiesen con el dolor ajeno, la llenaba de gratitud y esperanza, pero tampoco era ingenua, sabía que no podía fiarse de las primeras apariencias, y aunque su instinto rara vez la fallaba, cometería una estupidez si dejaba llevarse simplemente por ellos, para sobrevivir eran necesarios los instintos, pero no siempre te salvaban y eso mucha gente había llegado a olvidarlo.

Después de una hora más el conductor presionó el claxon en una serie repetida: claxon corto, parada, claxon largo, claxon corto y parada. Estaba oscuro, pero no encendieron los faros en todo el trayecto, Sepulturera solo vio la verja cuando pasaban a través de ella.
La casa era grande, de dos plantas y un patio dónde podían aparcar la furgoneta y al parecer otro coche más, Sepulturera consiguió ver movimiento frente a ellos.
Los hombres que la acompañaban volvieron a bajar en el mismo tiempo que habían subido, siendo ella la tercera en salir, para poder ser vigilada y de nuevo agarrada por las esposas. Empezaron a caminar.

Contando a los cuatro hombres que la acompañaban, en la casa había otros dos, dos mujeres y un niño. En el interior los hombres parecían bajar la guardia, siendo solo el hombre del machete el que se mantenía armado y listo para luchar contra ella en caso de que se le pasase la idea de escapar o atacar por la cabeza. Sepulturera soltó un suspiro, si pensaba aquel hombre que con siete adultos, armados, esposada y a oscuras pensaba escapar, estaba completamente loco. El hombre que la había atrapado estaba hablando con los nuevos amigos de Sepulturera, contando cómo la encontraron y lo ocurrido durante el día anterior. Durante el largo día anterior, Sepulturera estaba cansada, agotada, por todo lo que ocurrió en tan corto periodo de tiempo. Primero Einstein y Lobo, y ahora era atrapada y esposada por una panda de a saber qué en un sitio completamente desconocido.
Sepulturera pensaba en la suerte de mierda que estaba teniendo cuándo por el rabillo del ojo vio dos figuras más bajar por la escalera. Sepulturera se giró y no pudo creer lo que estaba viendo. Lobo…y también Einstein, sanos y salvos y con aquella gente.

Lobo abrió muchos los ojos al ver la imagen de la mujer que hacía no tantas horas habían salvado su vida y la del niño.
- ¡Es la mujer de la tienda! ¡La mujer de la tienda!- Einstein gritaba emocionado al ver a Sepulturera en el recibidor de la granja, pues si ellos se encontraban allí, debía ser el sitio que Lobo había garabateado en el papel que Sepulturera mantenía en su mochila.
- ¿Conocéis a la mujer?-El pequeño hombre había dejado de hablar en el mismo instante que Einstein abrió la boca y miró en su dirección.- ¿Es peligrosa?
- Bueno, supongo que lo que definas por peligrosa, ella se ha mantenido con vida y también nos salvó la vida.- Lobo miraba hacia ella, no hacia el hombre.- Así que se puede decir que sí y no.
Sepulturera no intervino, no tenía nada que decir, esta vez tenía que dejar su vida a la suerte, pues aunque quisiese pelear, eran demasiados como para saber que podría vencer.

La llevaron hasta un pequeño cuarto de estar, que disponía de dos sofás, un sillón y una pantalla de televisión apagada por falta de electricidad. El hombre del machete seguía acompañándola a todas partes, pero ya no la agarraba de las esposas, aunque tampoco se las había quitado. Einstein estaba con ellos, sentado en el suelo frente a Sepulturera.
- Al principio me daba miedo, porque tiró de Lobo muy fuerte y lo hizo caer al suelo, y luego le pegó, pero también nos ayudó a escapar.-Einstein parecía que no tomaba aire cuando pasaba de una frase a otra mientras hablaba, siempre dirigiendo su mirada de un adulto a otro sin perder la sonrisa.- Pero luego nos ayudó, y se llevó a todos los hombres feos lejos de nosotros, y nos dio comida, eso a Lobo le pareció muy bien, pero me la terminé comiendo yo toda porque Lobo decía que no tenía hambre, aunque cuando se durmió en un coche empezó a sonarle la barriga. Siempre preguntaba si íbamos a volver a verte- dijo mientras miraba esta vez, solo a Sepulturera.- pero Lobo nunca me respondía, nunca responde a las preguntas que hago, y ya tengo casi seis años, soy mayor.
Cuando Einstein dijo esas palabras, Sepulturera forzó una media sonrisa. Que tuviese casi seis años y tuviese que pasar por todas las pesadillas que ahora poblaban la realidad, la destrozaba el corazón, un corazón que debía apresurarse a dejar atrás si quería seguir con vida.

El hombre más pequeño entro con Lobo al cuarto de estar donde se encontraba Sepulturera y mandó al niño a su habitación. Los músculos se le pusieron tensos, la mirada del hombre seguía siendo fría e inhumana, mientras que la de su acompañante simplemente era indiferente. El hombre del machete también se marchó de la sala, al parecer lo que iban a decirla era demasiado serio para que los demás lo escucharan. Sepulturera contuvo el aliento mientras los dos hombres se sentaban.
- Me llaman Jefe.


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