Capítulo 13
La ciudad había
desaparecido al igual que el Sol, las carreteras habían sido su vía más rápida
hasta las afueras de la ciudad, convirtiendo el paisaje en un sinfín de campos
de cultivos y árboles, en vez de farolas y tiendas. En opinión de Sepulturera
el cambio era a mejor.
Uno de los hombres
había bajado un poco su ventanilla para que el humo del cigarro se filtrase al
exterior y no incordiase al resto de ocupantes, pero aparte de ese hecho, nadie
había hecho ningún otro movimiento o seña para interrogar o molestar a
Sepulturera. Eso provocó un sentimiento que pretendía mantener oculto desde que
se encontró con Lobo y Einstein: esperanza.
Sepulturera conocía a
hombres de todas las clases, buenos, malos, fieros y dóciles, pero desde que
todo había acabado, conoció a los retorcidos. Había pasado por muchos caminos
que no la gustaron, y no quería volver a pasar por ellos, por lo que encontrar
a hombres que no la mirasen de forma lasciva, o simplemente se divirtiesen con
el dolor ajeno, la llenaba de gratitud y esperanza, pero tampoco era ingenua,
sabía que no podía fiarse de las primeras apariencias, y aunque su instinto
rara vez la fallaba, cometería una estupidez si dejaba llevarse simplemente por
ellos, para sobrevivir eran necesarios los instintos, pero no siempre te
salvaban y eso mucha gente había llegado a olvidarlo.
Después de una hora
más el conductor presionó el claxon en una serie repetida: claxon corto,
parada, claxon largo, claxon corto y parada. Estaba oscuro, pero no encendieron
los faros en todo el trayecto, Sepulturera solo vio la verja cuando pasaban a
través de ella.
La casa era grande, de
dos plantas y un patio dónde podían aparcar la furgoneta y al parecer otro
coche más, Sepulturera consiguió ver movimiento frente a ellos.
Los hombres que la
acompañaban volvieron a bajar en el mismo tiempo que habían subido, siendo ella
la tercera en salir, para poder ser vigilada y de nuevo agarrada por las
esposas. Empezaron a caminar.
Contando a los cuatro
hombres que la acompañaban, en la casa había otros dos, dos mujeres y un niño.
En el interior los hombres parecían bajar la guardia, siendo solo el hombre del
machete el que se mantenía armado y listo para luchar contra ella en caso de
que se le pasase la idea de escapar o atacar por la cabeza. Sepulturera soltó
un suspiro, si pensaba aquel hombre que con siete adultos, armados, esposada y
a oscuras pensaba escapar, estaba completamente loco. El hombre que la había atrapado
estaba hablando con los nuevos amigos de Sepulturera, contando cómo la
encontraron y lo ocurrido durante el día anterior. Durante el largo día
anterior, Sepulturera estaba cansada, agotada, por todo lo que ocurrió en tan
corto periodo de tiempo. Primero Einstein y Lobo, y ahora era atrapada y
esposada por una panda de a saber qué en un sitio completamente desconocido.
Sepulturera pensaba en
la suerte de mierda que estaba teniendo cuándo por el rabillo del ojo vio dos
figuras más bajar por la escalera. Sepulturera se giró y no pudo creer lo que
estaba viendo. Lobo…y también Einstein, sanos y salvos y con aquella gente.
Lobo abrió muchos los
ojos al ver la imagen de la mujer que hacía no tantas horas habían salvado su
vida y la del niño.
- ¡Es la mujer de la
tienda! ¡La mujer de la tienda!- Einstein gritaba emocionado al ver a
Sepulturera en el recibidor de la granja, pues si ellos se encontraban allí,
debía ser el sitio que Lobo había garabateado en el papel que Sepulturera
mantenía en su mochila.
- ¿Conocéis a la
mujer?-El pequeño hombre había dejado de hablar en el mismo instante que
Einstein abrió la boca y miró en su dirección.- ¿Es peligrosa?
- Bueno, supongo que lo
que definas por peligrosa, ella se ha mantenido con vida y también nos salvó la
vida.- Lobo miraba hacia ella, no hacia el hombre.- Así que se puede decir que
sí y no.
Sepulturera no
intervino, no tenía nada que decir, esta vez tenía que dejar su vida a la
suerte, pues aunque quisiese pelear, eran demasiados como para saber que podría
vencer.
La llevaron hasta un
pequeño cuarto de estar, que disponía de dos sofás, un sillón y una pantalla de
televisión apagada por falta de electricidad. El hombre del machete seguía acompañándola
a todas partes, pero ya no la agarraba de las esposas, aunque tampoco se las
había quitado. Einstein estaba con ellos, sentado en el suelo frente a Sepulturera.
- Al principio me daba
miedo, porque tiró de Lobo muy fuerte y lo hizo caer al suelo, y luego le pegó,
pero también nos ayudó a escapar.-Einstein parecía que no tomaba aire cuando
pasaba de una frase a otra mientras hablaba, siempre dirigiendo su mirada de un
adulto a otro sin perder la sonrisa.- Pero luego nos ayudó, y se llevó a todos
los hombres feos lejos de nosotros, y nos dio comida, eso a Lobo le pareció muy
bien, pero me la terminé comiendo yo toda porque Lobo decía que no tenía
hambre, aunque cuando se durmió en un coche empezó a sonarle la barriga. Siempre
preguntaba si íbamos a volver a verte- dijo mientras miraba esta vez, solo a
Sepulturera.- pero Lobo nunca me respondía, nunca responde a las preguntas que
hago, y ya tengo casi seis años, soy mayor.
Cuando Einstein dijo
esas palabras, Sepulturera forzó una media sonrisa. Que tuviese casi seis años
y tuviese que pasar por todas las pesadillas que ahora poblaban la realidad, la
destrozaba el corazón, un corazón que debía apresurarse a dejar atrás si quería
seguir con vida.
El hombre más pequeño
entro con Lobo al cuarto de estar donde se encontraba Sepulturera y mandó al
niño a su habitación. Los músculos se le pusieron tensos, la mirada del hombre
seguía siendo fría e inhumana, mientras que la de su acompañante simplemente
era indiferente. El hombre del machete también se marchó de la sala, al parecer
lo que iban a decirla era demasiado serio para que los demás lo escucharan.
Sepulturera contuvo el aliento mientras los dos hombres se sentaban.
- Me llaman Jefe.