Capítulo 10
Sepulturera se movía
rápido, golpeando los coches con la pala y ruido con cada pisada. Miraba atrás,
nunca debía mirar atrás, pero no podía evitarlo. Lobo y Einstein pasaban a
través de los cristales pasados cinco minutos, cuando todos los no muertos
estaban fuera de los ultramarinos. Miraron hacia Sepulturera y se marcharon en
dirección contraria, pero dejaron un papel en el suelo antes de que Lobo
cogiese al niño en brazos poniéndose en marcha.
Eran unos quince
cadáveres más los que la avistaban en la calle y se unían a la cacería. Poco a
poco cerraban el círculo, estrangulando las posibilidades de sobrevivir de
Sepulturera.
Actuar de distracción
le permitió huir de la responsabilidad de cuidar a ambos, niño y adulto, pero
también le quitó compañía, algo que añoraba desde hacía meses. Se había
alegrado de oír su voz tanto como de poder escuchar la de otra persona, aunque
fuese de alguien arrogante que no sabía lo que hacía.
Sepulturera esquivó
otro coche, y guardó la pala mientras corría en zigzag para esquivar a cadáveres
demasiado descompuestos para que le opusiesen amenaza alguna, subió sobre el
maletero de un coche y divisó lo que le quedaba de calle. Por donde había huido
se encontraba la barricada, y le quedaban unos pocos metros para toparse contra
ella, el callejón por el que apareció estaba tres metros por detrás de su
posición. Notó como una mano se agarraba a su gemelo. Bajó la cabeza y vio a
una de aquellos seres, cerniéndose sobre su pierna como si no hubiese otra cosa
más allá, Sepulturera cogió la pala y le aplastó la cabeza como si utilizase un
palo de golf.
Los no muertos
comenzaban a juntarse cerca del coche donde estaba subida, debía rodearlos
antes de que cerrasen el círculo y seguir por las calles que momentos antes
había recorrido Lobo.
Después de una hora, Sepulturera
consiguió huir de los zombis y dentro de la mochila llevaba la nota dejada en
el suelo. No quiso recogerla, la primera vez que había pasado por delante del
escaparate destrozado del ultramarino rechazó la idea de agacharse para recoger
el trozo de papel. Pero tanto tiempo aislada le había producido la necesidad de
conocer más acerca de otros humanos.
En ese momento
Sepulturera se encontraba dirigiéndose al punto dónde indicaba la nota. Era
algo alejado, debería encontrar un vehículo para llegar antes del anochecer, y
aun así dudaba de que pudiese conseguirlo, Sepulturera creía recordar que era
una granja; había pasado por allí hacía unas pocas semanas, al entrar en la
ciudad.
Mantenía un paso
rápido, casi trote, con la mirada atenta y los oídos bien abiertos. Los coches
que se encontraba era inútil siquiera mirar si llevaban las llaves, esto no
eran películas americanas, en las que la seguridad de la ciudad te permitía
dejar las llaves en el contacto y encontrar el coche al día siguiente dónde lo
habías dejado. Aquí las personas se encerraban entre candados y con las
pertenencias selladas. Los que no estaban aparcados, estaban rotos, sin
gasolina o simplemente abandonados en la calle tras la huida repentina. Sepulturera
pasaba de largo, no buscaba un coche, en una ciudad era demasiado difícil
encontrar las avenidas lo suficiente limpias como para poder ir rápido, buscaba
una moto, o algo lo suficiente grande para apartar a los coches de un empujón.
Desde que había
empezado todo aquel caos Sepulturera había aprendido muchas cosas, entre ellas
a conducir cualquier cosa que llevase ruedas. También había aprendido a
disparar, gracias al soldado, y algunas técnicas más de defensa personal, incluyendo
primeros auxilios. Con una madre paranoica por la seguridad, aprendió desde
pequeña a mantenerse alerta y guardar sus espaldas.
El Sol estaba en lo
alto del cielo, lo que permitió que el frío desapareciese de sus huesos. La
pala se mecía suave en su espalda, mientras el vestido corría tras ella. Pocos
zombis se encontraban en las calles, la mayoría adormecidos por la falta de
sonido y el hambre. El número de vivos había reducido muy rápidamente,
pasándose tres cuartos de la población al bando de los no muertos, el otro
cuarto se encerraba en sus casas con la falsa esperanza de que algún día serían
rescatados.
Pero después de tanto
tiempo, muchos habían salido, volviéndose locos y optando por la agresividad y
la falta de ética moral.
Tras recorrer un mar
de calles, el Sol ya estaba rozando su final, el cansancio se había acumulado
en cada músculo de Sepulturera, marcando las agujetas, las heridas y los golpes
a lo largo del tiempo. Se encontraba en un barrio rodeado pisos, pocos parques
y muchas tiendas, los soportales oscuros con las puertas abiertas. Entró en el
número 20, el cumpleaños de su madre y buscó un piso en la cuarta planta: si
aparecía alguien querría escucharlo y tener el tiempo suficiente para
reaccionar. El piso estaba vacío cuando forzó la entrada, se notaba que la
familia que vivía allí antes del incidente había optado por una salida rápida,
apurada, cogiendo las cosas básicas y los objetos con mayor valor sentimental,
pues todavía se podían ver algunas de las fotografías familiares. Sepulturera
miró durante unos minutos una de las imágenes, la familia formada por una
pareja joven y un niño recién nacido. Apartó la mirada y preparo su salida. No podía
ponerse sentimental, no era el momento. Ató las sábanas que encontró en las
habitaciones, dejando una manta para taparse en la oscura noche y preparó el
nudo en la barandilla, por si tenía que saltar. Caminó hacia la cocina, el
vestido le molestaba, pasaba demasiado tiempo con él, olía mal, demasiado
sucio, pero no podía quitárselo, buscó entre los armarios con la esperanza de
hallar algún alimento olvidado o caducado hacía poco, era demasiado esperar
algo que aún no lo estuviese. Solo encontró una lata de melocotón en almíbar,
suficiente para la noche.
El día había acabado.
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