6 sept 2014

Almas Errantes

Capítulo 10
Sepulturera se movía rápido, golpeando los coches con la pala y ruido con cada pisada. Miraba atrás, nunca debía mirar atrás, pero no podía evitarlo. Lobo y Einstein pasaban a través de los cristales pasados cinco minutos, cuando todos los no muertos estaban fuera de los ultramarinos. Miraron hacia Sepulturera y se marcharon en dirección contraria, pero dejaron un papel en el suelo antes de que Lobo cogiese al niño en brazos poniéndose en marcha.

Eran unos quince cadáveres más los que la avistaban en la calle y se unían a la cacería. Poco a poco cerraban el círculo, estrangulando las posibilidades de sobrevivir de Sepulturera.
Actuar de distracción le permitió huir de la responsabilidad de cuidar a ambos, niño y adulto, pero también le quitó compañía, algo que añoraba desde hacía meses. Se había alegrado de oír su voz tanto como de poder escuchar la de otra persona, aunque fuese de alguien arrogante que no sabía lo que hacía.
Sepulturera esquivó otro coche, y guardó la pala mientras corría en zigzag para esquivar a cadáveres demasiado descompuestos para que le opusiesen amenaza alguna, subió sobre el maletero de un coche y divisó lo que le quedaba de calle. Por donde había huido se encontraba la barricada, y le quedaban unos pocos metros para toparse contra ella, el callejón por el que apareció estaba tres metros por detrás de su posición. Notó como una mano se agarraba a su gemelo. Bajó la cabeza y vio a una de aquellos seres, cerniéndose sobre su pierna como si no hubiese otra cosa más allá, Sepulturera cogió la pala y le aplastó la cabeza como si utilizase un palo de golf.
Los no muertos comenzaban a juntarse cerca del coche donde estaba subida, debía rodearlos antes de que cerrasen el círculo y seguir por las calles que momentos antes había recorrido Lobo.


Después de una hora, Sepulturera consiguió huir de los zombis y dentro de la mochila llevaba la nota dejada en el suelo. No quiso recogerla, la primera vez que había pasado por delante del escaparate destrozado del ultramarino rechazó la idea de agacharse para recoger el trozo de papel. Pero tanto tiempo aislada le había producido la necesidad de conocer más acerca de otros humanos.
En ese momento Sepulturera se encontraba dirigiéndose al punto dónde indicaba la nota. Era algo alejado, debería encontrar un vehículo para llegar antes del anochecer, y aun así dudaba de que pudiese conseguirlo, Sepulturera creía recordar que era una granja; había pasado por allí hacía unas pocas semanas, al entrar en la ciudad.
Mantenía un paso rápido, casi trote, con la mirada atenta y los oídos bien abiertos. Los coches que se encontraba era inútil siquiera mirar si llevaban las llaves, esto no eran películas americanas, en las que la seguridad de la ciudad te permitía dejar las llaves en el contacto y encontrar el coche al día siguiente dónde lo habías dejado. Aquí las personas se encerraban entre candados y con las pertenencias selladas. Los que no estaban aparcados, estaban rotos, sin gasolina o simplemente abandonados en la calle tras la huida repentina. Sepulturera pasaba de largo, no buscaba un coche, en una ciudad era demasiado difícil encontrar las avenidas lo suficiente limpias como para poder ir rápido, buscaba una moto, o algo lo suficiente grande para apartar a los coches de un empujón.
Desde que había empezado todo aquel caos Sepulturera había aprendido muchas cosas, entre ellas a conducir cualquier cosa que llevase ruedas. También había aprendido a disparar, gracias al soldado, y algunas técnicas más de defensa personal, incluyendo primeros auxilios. Con una madre paranoica por la seguridad, aprendió desde pequeña a mantenerse alerta y guardar sus espaldas.

El Sol estaba en lo alto del cielo, lo que permitió que el frío desapareciese de sus huesos. La pala se mecía suave en su espalda, mientras el vestido corría tras ella. Pocos zombis se encontraban en las calles, la mayoría adormecidos por la falta de sonido y el hambre. El número de vivos había reducido muy rápidamente, pasándose tres cuartos de la población al bando de los no muertos, el otro cuarto se encerraba en sus casas con la falsa esperanza de que algún día serían rescatados.
Pero después de tanto tiempo, muchos habían salido, volviéndose locos y optando por la agresividad y la falta de ética moral.

Tras recorrer un mar de calles, el Sol ya estaba rozando su final, el cansancio se había acumulado en cada músculo de Sepulturera, marcando las agujetas, las heridas y los golpes a lo largo del tiempo. Se encontraba en un barrio rodeado pisos, pocos parques y muchas tiendas, los soportales oscuros con las puertas abiertas. Entró en el número 20, el cumpleaños de su madre y buscó un piso en la cuarta planta: si aparecía alguien querría escucharlo y tener el tiempo suficiente para reaccionar. El piso estaba vacío cuando forzó la entrada, se notaba que la familia que vivía allí antes del incidente había optado por una salida rápida, apurada, cogiendo las cosas básicas y los objetos con mayor valor sentimental, pues todavía se podían ver algunas de las fotografías familiares. Sepulturera miró durante unos minutos una de las imágenes, la familia formada por una pareja joven y un niño recién nacido. Apartó la mirada y preparo su salida. No podía ponerse sentimental, no era el momento. Ató las sábanas que encontró en las habitaciones, dejando una manta para taparse en la oscura noche y preparó el nudo en la barandilla, por si tenía que saltar. Caminó hacia la cocina, el vestido le molestaba, pasaba demasiado tiempo con él, olía mal, demasiado sucio, pero no podía quitárselo, buscó entre los armarios con la esperanza de hallar algún alimento olvidado o caducado hacía poco, era demasiado esperar algo que aún no lo estuviese. Solo encontró una lata de melocotón en almíbar, suficiente para la noche.

El día había acabado.



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