Capítulo 7
La
estantería rozaba contra la pared bajo su peso, la pala abandonada contra las
puertas del viejo armario, preparada para volver a ser empuñada como un arma.
Sepulturera
comenzó a subir, dagas en mano, como le había enseñado aquel soldado en un
pasado no tan lejano. El vestido recogido entre las piernas y las correas le
permitían sentirse libre, la respiración pausada, no tener miedo.
Aquella
persona que se mantenía escondida no la había pegado un tiro al asomar la
cabeza por el agujero del techo, por lo que existían tres opciones: estaba
desarmada, herida o no tenía el entrenamiento o los reflejos suficientes para
pensar en reaccionar con el arma en un momento de estrés elevado. Sepulturera
no quería ninguna de las opciones, prefería un hombre fuerte, armado y con
entrenamiento para matar, no alguien asustado que no pudiese dejar de temblar
al empuñar una pistola.
Si
se producía alguna de aquellas situaciones, Sepulturera abandonaría a la
persona, no permitiría que un humano impidiese su supervivencia, por reducir su
velocidad, sus provisiones y en definitiva sus posibilidades de supervivencia.
Cuando
asomó la cabeza otro golpe fue directo hacia su cabeza. Sepulturera paró el
golpe colocando el antebrazo derecho frente a ella, con la daga plana para no
asestar un corte equivocado, ni a la otra persona, ni a ella misma. La daga de
la mano izquierda cayó, chocando con los barrotes de la estantería, agarró el
borrón oscuro que pasaba frente a sus ojos al mismo tiempo que dejaba caer todo
su peso.
Los
pies en el aire y los sesenta kilogramos de masa muerta permitieron que los dos
humanos cayesen al vacío.
Una
cara, redonda y aniñada, con unos ojos llenos de vida y lágrimas.
Era
lo último que había podido contemplar Sepulturera antes de caer con el hombre
sobre el amasijo de hierros que era la estantería del almacén. La penumbra era
menor en el agujero del techo, tal vez una linterna o algo electrónico que
todavía conservase la energía estaba siendo tapada por un trapo o una mano, los
ojos de Sepulturera habían perdido la visión absoluta en la penumbra del
almacén por culpa de aquello.
Apartó
al hombre mientras sus ojos volvían a las sombras, rodando hacia el lado derecho,
con la espalda protegida y la daga apuntando al hombre que todavía permanecía,
quejándose, tendido sobre la estantería.
El
hombre intentó incorporarse, pero una daga apuntaba a su cuello y una voz ronca
se escuchó sobre los sollozos amortiguados de un niño en el falso techo.
Se caen porque la cosa que estaba ahi metida se tira hacia Sepulturera por así decirlo o por qué exactamente?
ResponderEliminarDebido a que Sepulturera se queda en peso muerto y el hombre no puede agarrarse a nada.
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